Archive for 25 junio 2009

Preparativos: El Match Post-Escrutinio

junio 25, 2009

Aprovechando el parate debido a las elecciones del 28 de junio, el Comité de organización de Eventos y Tertulias, ha organizado un partido de fútbol que representará la rivalidad en dichas elecciones.
Por un lado, el equipo que representa a la rama del Kirchnerismo y por el otro el que representa al PRO.

Desarrollo

En esta oportunidad y por ser un día especial, se jugarán dos tiempos de 35 minutos controlados por reloj, con una adición a convenir en el momento y teniendo en cuenta las demoras propias de contar con un solo balón, ningún alcanzapelotas y 12 burros que, según estadísticas recolectadas, 8 de cada 10 tiros al arco, no van al arco. Habrá un intervalo de entre 5 y 10 minutos y 12 tipos haciendo que juegan a algo.

Teniendo en cuenta las últimas actuaciones de algunos jugadores y basándose en especulaciones sobre otros jugadores, se conformaron las respectivas alineaciones. A saber:

Votame, Votate F.C.

– Bruno, Augusto
– Klentak, Gabriel
– Klentak, Gastón
– Zabalo, Mariano
– Rasquetti, Adrián
– Nunes, Agustín

C.A. Estash Nerviosho!

– Menestrina, Augusto
– Nigro, Agustín
– Marcianesi, Alvaro
– De Gregorio, Federico
– Falco, Pablo
– Falco, Ezequiel

Esperemos que la del domingo sea una jornada sin violencia y podamos disfrutar de un futbol un partido en paz.

Este comité se enorgullece en dar por organizado el evento esperando así, que los comensales estén contentos y en armonía consigo mismos. Porque para eso estamos; para que el fútbol sea una felicidad dominguera y no para que sea un opio*… un opio total!

Nos vemos el domingo!

Saluda atentamente a Uds. el Comité de Organización de Eventos y Tertulias del Club Social y Deportivo Cacho Forever

* Opio: (pop. Arg) Aburrimiento. Reunión muy poco atrayente, poco concurrida o de escasa animación. Un embole, bah…

Bailando en la Sociedad Rural

junio 16, 2009

Y sí, el partido del Domingo fue un verdadero baile rural. Lleno de vacas, ovejas y diferentes ejemplares de la ganadería Argentina, pero por sobretodas las cosas BURROS!
El marco era ideal. Tarde cálida, sin viento ni probabilidades de chaparrones. Las hojas caídas por el frío otoñal le daban un toque extra haciendo las veces de papelitos. Papelitos que había pedido Gasty celebrando su regreso. Un Gasty que una vez mas prometió cositas que nunca mostró.
De Gregorio, con abuso de confianza en alguno de los jugadores citados, confeccionó los equipos y se equivocó feo. Para que se den una idea los que no asistieron: apostó a un número y salió una letra.
El partido comenzó en un nivel parejo tanto en lo futbolístico, como en lo físico, pero a los 5 minutos de juego algunos jugadores comenzaron a sentir los estragos de la noche anterior. Sí, iban sólo 5 minutos y la cancha se había inclinado total y definitivamente en favor del equipo visitante (NdeR: Recordemos que el visitante es siempre el equipo en donde NO está Feducho). El marcador lo abrió, como si fuera un deja vú del partido anterior, el Mariscal Klentak con un remate fortísimo y cruzado que dejó atónito al, en ese momento arquero, Gasty. De ahí en mas, fue todo de la visita. El local sin ideas, ni futbol, ni garra, ni nada de nada. Hasta se llegó al punto de dejar el orgullo de lado y cambiar el equipo, corregir de alguna manera el error inicial en el armado de los equipos. Pero el orgullo de algunos jugadores o el masoquismo o no se qué, hizo que sólo se haga un borrón y cuenta nueva y otra vez 0 a 0.
Todo esto no sin antes ver como, sin ningún tipo de decoro, Augusto ‘ex Cristiano Ronaldo’ Bruno se convierte un gol para el olvido: Pase atrás de Marcianesi, el arquero se agacha para recoger el balón, calcula mal su velocidad (0.1 km/h) y distancia, éste pasa por debajo de sus manos, ingresa al arco, Bruno se reincorpora sobre su eje, ríe cerrando sus ojos y es insultado por toda la localía. El partido real terminaba 10 a 1 y este acontecimiento le daba paso al partido ‘oportunidad’. Pero como era de esperarse el resultado fue el mismo, pero en otro horario.
El partido ‘oportunidad’ terminaba con el día y mostraba un 3 – 5 en el marcador. Risas por un lado, tristeza 5 tristes por el otro.
Un resultado histórico que ya está escrito. He aquí los equipos:

Formaciones

Tristes F.C.

Francisco, Gastón Ricardo (4): Le pusieron los papelitos y elementos de cotillón que el pidió. No mostró nada de lo que prometió. El gol de palomita le dió el ‘aprobado’.
De Gregorio, Federico Nicolás(4): Su peor error fue armar los equipos y haber creído en el Huevo. Asimismo no estuvo a la altura del cotejo, sólo en algunos tramos del mismo.
Marcianesi, Alvaro Paolo(5): El mejor del combinado local. Solo abajo, también cooperó en el ataque siendo parte de los escasos goles convertidos. Sin responsabilidad en el papelón con forma de gol.
Leiva, Alvaro Gnaco(3): Defraudó a propios y extraños. Pidió el frente de ataque para él solo y no hizo ni un gol. Para la estadística queda un tiro en el travesaño… a 1 metro con el arco solo. Su frase “prefiero perder 23 a 1, pero con el mismo equipo” subió su calificación.
Bruno, Augusto Nicolás(2): Muy lejos del Cristiano Ronaldo que supo ser. Mal con la pelota, mal con las manos, mal con todo… Opacó un centro milimétrico para la paloma de Gasty con su gol en contra. Lamentable.

C.A. Trotamundos de Harlem

Klentak, Gastón Saúl(6): Le faltó el gol. Cumplió en todas las funciones que le tocó desempeñar.
Klentak, Gabriel Omar(9): No paró un segundo de correr. Se clonó como Hitler siempre quiso y estuvo en toda la cancha; asistiendo, marcando y convirtiendo. Al final parecía que se quedaba sin gas, pero lo pasó a nafta y listo. Felicidades Mariscal!
Falco, Ezequiel Fernando(8): Una vez mas no sintió la noche anterior. Le pegó de todos lados y dió sus frutos… alguna entró. No tuvo problemas con una defensa que no existió.
Falco, Pablo Raquel(7): Manejó los hilos del equipo. Siempre que se juntó con Rasquetti complicó y sembró la jugada al gol. Un golazo con palo y adentro no podía quedar afuera de su curriculum.
Rasquetti, Adrián Néstor(8): La chilena está cada día mejor. Con aire todo el partido le fue fácil moverse por donde quiso. Junto con el menor de los Falco Bros. fueron la manija del equipo.

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Ante la nueva ausencia de algún dispositivo de captado de imágenes y retratos de la vida misma, nos vemos en la obligación de recurrir a las fotos sacadas del archivo del club. Es por eso que agradecemos cordialmente a la Secretaría Archivos Confidenciales del C.S. y D. Cacho Forever, administrada eficazmente por Aníbal Martiarena.
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La Figura

Foto Archivo (Diciembre 2007)

Foto Archivo (Diciembre 2007)

 

Ha sido todo desde aquí. Los saluda muy calurosamente la pachanguera Redacción del C.S. y D. Cacho Forever.

Paréntesis…

junio 12, 2009

Acá les dejo un relato con audio, para que la vayan escuchando los que les da fiaca leer. Pero creanmé que vale la pena parar 15 minutos para escuchar y mientras seguir la lectura…

Vodpod videos no longer available.

Que lo disfruten!

Me van a tener que disculpar…

de Eduardo Sacheri

Me van a tener que disculpar. Yo sé que un hombre que pretende ser una persona de bien debe comportarse según ciertas normas, aceptar ciertos preceptos, adecuar su modo de ser a determinadas estipulaciones aceptadas por todos. Seamos más claros. Si uno quiere ser un tipo coherente debe medir su conducta, y la de sus semejantes, con la misma e idéntica vara. No puede hacer excepciones, pues de lo contrario bastardea su juicio ético, su conciencia crítica, su criterio legítimo.
Uno no puede andar por la vida reprobando a sus rivales y disculpando a sus amigos por el sólo hecho de serlo. Tampoco soy tan ingenuo como para suponer que uno es capaz de sustraerse a sus afectos y a sus pasiones, que uno tiene la idoneidad como para sacrificarlos en el altar de una imparcialidad impoluta. Digamos que uno va por ahí intentando no apartarse demasiado del camino debido, tratando de que los amores y los odios no le trastoquen irremediablemente la lógica.
Pero me van a tener que disculpar, señores. Hay un tipo con el que no puedo. Y ojo que lo intento. Me digo: no puede haber excepciones, no debe haberlas. Y la disculpa que requiero de ustedes es todavía mayor, porque el tipo del que hablo no es un benefactor de la humanidad, ni un santo varón, ni un valiente guerrero que ha consolidado la integridad de mi patria. No, nada de eso. El tipo tiene una actividad mucho menos importante, mucho menos trascendente, mucho más profana. Les voy adelantando que el tipo es un deportista. Imagínense, señores. Llevo escritas doscientas sesenta y tres palabras hablando del criterio ético y sus limitaciones, y todo por un simple caballero que se gana la vida pateando una pelota. Ustedes podrán decirme que eso vuelve mi actitud todavía más reprobable. Tal vez tengan razón. Tal vez por eso he iniciado estas líneas disculpándome.
No obstante, y aunque tengo perfectamente claras esas cosas, no puedo cambiar mi actitud. Sigo siendo incapaz de juzgarlo con la misma vara con la que juzgo al resto de los seres humanos. Y ojo que no sólo no es un pobre muchacho saturado de virtudes. Tiene muchos defectos. Tiene tal vez tantos defectos como quien escribe estas líneas, o como el que más. Para el caso es lo mismo. Pese a todo, señores, sigo sintiéndome incapaz de juzgarlo. Mi juicio crítico se detiene ante él, y lo dispensa.
No es un capricho, cuidado. No es un simple antojo. Es algo un poco más profundo, si me permiten calificarlo de ese modo. Seré más explícito. Yo lo disculpo porque siento que le debo algo. Le debo algo y sé que no tengo forma de pagárselo. O tal vez ésta sea la peculiar moneda que he encontrado para pagarle. Digamos que mi deuda halla tranquilidad, sosiego en este hábito de evitar siempre cualquier eventual reproche.
Él no lo sabe, cuidado. Así que mi pago es absolutamente anónimo. Como anónima es la deuda que con él conservo. Digamos que él no sabe que le debo, e ignora los ingentes esfuerzos que yo hago una vez y otra para pagarle.
Por suerte o por desgracia, la oportunidad de ejercitar este hábito se me presenta a menudo. Es que hablar de él, entre argentinos, es casi uno de nuestros deportes nacionales. Para enzalzarlo hasta la estratósfera, o para condenarlo a la parrilla perpetua de los infiernos, los argentinos gustamos, al parecer, de convocar su nombre y su memoria. Ahí es cuando yo trato de ponerme serio y distante, pero no lo logro. El tamaño de mi deuda se me impone. Y cuando me invitan a hablar prefiero esquivar el bulto, cambiar de tema, ceder mi turno en el ágora del café a la tardecita. No se trata tampoco de que yo me ubique en el bando de sus perpetuos halagadores. Nada de eso. Evito tanto los elogios superlativos y rimbombantes como los dardos envenenados y traicioneros. Además, con el tiempo he visto a más de uno cambiar del bando de los inquisidores al de los llorones que aplauden, y viceversa, sin que se les mueva un pelo. Y ambos bandos me parecen absolutamente detestables, por cierto.
Por eso yo me quedo callado, o cambio de tema. Y cuando a veces alguno de los muchachos no me lo permite, porque me acorrala con una pregunta directa, que cruza el aire llevando específicamente mi nombre, tomo aire, hago como que pienso, y digo alguna sandez al estilo de «y, no sé, habría que pensarlo»; o tal vez arriesgo un «vaya uno a saber, son tantas cosas para tener en cuenta». Es que tengo demasiado pudor como para explayarme del modo en que aquí lo hago. Y soy incapaz de condenar a mis amigos al suplicio de escuchar mis argumentos y mis justificaciones.
Por empezar les tendría que decir que la culpa de todo la tiene el tiempo. Sí, como lo escuchan, el tiempo. El tiempo que se empeña en transcurrir, cuando a veces debería permanecer detenido. El tiempo que nos hace la guachada de romper los momentos perfectos, inmaculados, inolvidables, completos. Porque si el tiempo se quedase ahí, inmortalizando a los seres y a las cosas en su punto justo, nos libraría de los desencantos, de las corrupciones, de las infinitas traiciones tan propias de nosotros los mortales.
Y en realidad es por ese carácter tan defectuoso del tiempo que yo me comporto como lo hago. Como un modo de subsanar, en mis modestos alcances, esas barbaridades injustas que el tiempo nos hace. En cada ocasión en la que mencionan su nombre, en cada oportunidad en la cual me invitan al festín de adorarlo y denostarlo, yo me sustraigo a este presente absolutamente profano, y con la memoria que el ser humano conserva para los hechos esenciales me remonto a ese día, al día inolvidable en que me vi obligado a sellar este pacto que, hasta hoy, he mantenido en secreto.
Digamos que mi memoria es el salvoconducto para volver el tiempo al lugar cristalino del que no debió moverse, porque era el exacto sitio en que merecía detenerse para siempre, por lo menos para el fútbol, para él y para mí. Porque la vida es así, a veces se combina para alumbrar momentos como ése. Instantes después de los cuales nada vuelve a ser como era. Porque no puede. Porque todo ha cambiado demasiado. Porque por la piel y por los ojos nos ha entrado algo de lo cual nunca vamos a lograr desprendernos.
Esa mañana habrá sido como todas. El mediodía también. Y la tarde arranca, en apariencia, como tantas otras. Una pelota y veintidós tipos. Y otros millones de tipos comiéndose los codos delante de la tele, en los puntos más distantes del planeta. Pero ojo, que esa tarde es distinta. No es un partido. Mejor dicho: no es sólo un partido. Hay algo más. Hay mucha rabia, y mucho dolor, y mucha frustración acumuladas en todos esos tipos que miran la tele. Son emociones que no nacieron por el fútbol. Nacieron en otro lado. En un sitio mucho más terrible, mucho más hostil, mucho más irrevocable. Pero a nosotros, a los de acá, no nos cabe otra que contestar en una cancha, porque no tenemos otro sitio, porque somos pocos, porque estamos solos, porque somos pobres. Pero ahí está la cancha, el fútbol, y son ellos o nosotros. Y si somos nosotros el dolor no va a desaparecer, ni la humillación ha de terminarse. Pero si son ellos. Ay, si son ellos. Si son ellos la humillación va a ser todavía más grande, más dolorosa, más intolerable. Vamos a tener que quedarnos mirándonos las caras, diciéndonos en silencio «te das cuenta, ni siquiera aquí, ni siquiera esto se nos dio a nosotros».
Así que están ahí los tipos. Los once tuyos y los once de ellos. Es fútbol, pero es mucho más que fútbol. Porque cuatro años es muy poco tiempo como para que te amaine el dolor y se te apacigüe la rabia. Por eso no es sólo fútbol.
Y con semejantes antecedentes de tarde borrascosa, con semejante prólogo de tragedia, va este tipo y se cuelga para siempre del cielo de los nuestros. Porque se planta enfrente de los contrarios y los humilla. Porque los roba. Porque delante de sus ojos los afana. Y aunque sea les devuelve ese afano por el otro, por el más grande, por el infinitamente más enorme y ultrajante. Porque aunque nada cambie allá están ellos, en sus casas y en sus calles, en sus pubs, queriéndose comer las pantallas de pura rabia, de pura impotencia de que el tipo salga corriendo mirando de reojito al árbitro que se compra el paquete y marca el medio.
Hasta ahí, eso solo ya es historia. Ya parece suficiente. Porque le robaste algo al que te afanó primero. Y aunque lo que él te robó te duele más, vos te regodeás porque sabés que esto, igual, le duele. Pero hay más. Aunque uno desde acá diga bueno, es suficiente, me doy por hecho, hay más. Porque el tipo además de piola es un artista. Es mucho más que los otros.
Arranca desde el medio, desde su campo, para que no queden dudas de que lo que está por hacer no lo ha hecho nadie. Y aunque va de azul, va con la bandera. La lleva en una mano, aunque nadie la vea. Empieza a desparramarlos para siempre. Y los va liquidando uno por uno, moviéndose al calor de una música que ellos, pobres giles, no entienden. No sienten la música, porque no sienten, pero sí sienten un vago escozor, algo que les dice que se les viene la noche. Y el tipo sigue adelante.
Para que empiecen a no poder creerlo. Para que no se lo olviden nunca. Para que allá lejos los tipos dejen la cerveza y cualquier otra cosa que tengan en la mano. Para que se queden con la boca abierta y la expresión de tontos, pensando que no, que no va a suceder, que alguno lo va a parar, que ese morochito vestido de azul y de argentino no va a entrar al área con la bola mansita a su merced, que alguien va a hacer algo antes de que le amague al arquero y lo sortee por fuera, de que algo va a pasar para poner en orden la historia y que las cosas sean como Dios y la reina mandan, porque en el fútbol tiene que ser como en la vida, donde los que llevan las de ganar ganan, y los que llevan las de perder pierden. Se miran entre ellos y le piden al de al lado que los despierte de la pesadilla. Pero no hay caso, porque ni siquiera cuando el tipo les regala una fracción de segundo más, cuando el tipo aminora el vértigo para quedar de nuevo bien parado de zurdo, ni siquiera entonces van a evitar entrar en la historia como los humillados, los once ingleses despatarrados e incrédulos, los millones de ingleses mirando la tele sin querer creer lo que saben que es verdad para siempre, porque ahí va la bola a morirse en la red para toda la eternidad, y el tipo va a abrazarse con todos y levanta los ojos al cielo. Y hace bien en mirar al cielo, porque no sé si sabe, pero ahí están todos. Todos lo que no pueden mirarlo por la tele ni comerse los codos.
Porque el afano estaba bien, pero era poco. Porque el afano de ellos era demasiado grande. Así que faltaba humillarlos por las buenas. Inmortalizarlos para cada ocasión en que ese gol volviese a verse una vez y otra vez y para siempre, en cada rincón del mundo. Ellos volviendo a verse una y mil veces hasta el cansancio en las repeticiones incrédulas. Ellos pasmados, ellos llegando tarde al cruce, ellos viéndolo todo desde el piso, ellos hundiéndose definitivamente en la derrota, en la derrota pequeña y futbolera y absoluta y eterna e inolvidable.
Así que señores, lo lamento. Pero no me jodan con que lo mida con la misma vara con la que se supone debo juzgar a los demás mortales. Porque yo le debo esos dos goles a Inglaterra. Y el único modo que tengo de agradecérselo es dejarlo en paz con sus cosas. Porque ya que el tiempo cometió la estupidez de seguir transcurriendo, ya que optó por acumular un montón de presentes vulgares encima de ese presente perfecto, al menos yo debo tener la honestidad de recordarlo para toda la vida. Yo conservo el deber de la memoria.

Los saluda calurosamente La Secretaría de Cultura y Momentos Inolvidables del C.S. y D. Cacho Forever